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Esta obra se encuentra inmersa en el marco de carácter conceptual con el que Carnevale comienza a elaborar su producción en los años 90. Una pieza que además guarda relación con los trabajos realizados en el contexto de presentaciones grupales llevadas a cabo con Patrimoño y cuyo eje estaba puesto en la reflexión colectiva sobre un fenómeno de incidencia sociopolítica de la esfera nacional. En este sentido, Mirada oblicua encuentra sus antecedentes en dos propuestas anteriores de la artista: Escrito en el margen (1994), intervención de las ventanas del actual Centro Cultural R. Fontanarrosa, metáfora del conflicto entre arte y vida; y en una instalación mediante la cual Carnevale cuestiona el arte como espacio (La Habana, 2001).

La fugacidad y variabilidad de la imagen reflejada en este marco-ventana emplazado en la “institución arte”, le permite a la autora trabajar en torno a la legitimidad de las manifestaciones artísticas, transmitiendo estos planteos al espectador que construye la imagen con su propio reflejo, pasando a formar parte de la obra.